Después de 1 mes de estar transitando por esta situación que tiene al mundo de cabeza, decidí escribir este artículo.  Desde mi observador, palabra muy frecuente y utilizada en el ámbito del Coaching, ahora me hace más sentido que nunca la particular forma en que vemos las cosas.  Cuando entendí que nada es verdad y nada es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira, me provocó un “eureka” un “ajá” un “darme cuenta” que ese particular observador que soy hoy por hoy, ha sido un gran regalo en la vida.  Aunque no cabe duda, que como humana que soy, de repente hay días que los sesgos cognitivos entran a rondar en mi día a día, sin embargo he logrado ver más la solidaridad y empatía que está resurgiendo en muchos seres humanos.

Estas acciones me han sobrecargado emocionalmente de mucho agradecimiento a ver que hay una gran esperanza en los cambios a nivel humano, ya que todos tenemos esa capacidad de centrarnos ahora más en el ser que en el hacer, y justamente de eso se trata la lección que debemos trascender:  mirar para nuestro interior sin dejar la mirada hacia los que nos necesitan.  Esa mano generosa que está viviendo el sin fin de emociones que atravesamos día a día, y a pesar de ello, logramos identificarnos con aquel ser humano que nos sirve de espejo para reflejarnos el dolor que llevamos dentro.  Dolor que debe resignificarse como ese aprendizaje hacia el amor que habíamos olvidado y que nos hermana sin ver más que lo que somos, sin distinción alguna y sin juicio o prejuicio.

Esta decisión elegida por cierto, es lo que nos lleva a la humanización y a tener esa resiliencia que todos llevamos dentro.

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